Saltar al contenido

Los precedentes

La historia de la sede episcopal de Tarazona hunde sus raíces en la Antigüedad. Ya en época romana, Turiaso fue un importante municipio con derecho de acuñación de moneda, y la tradición sitúa aquí una de las primeras comunidades cristianas de la Península Ibérica. Tras la caída del Imperio romano, la ciudad se convirtió en sede episcopal visigoda, dignidad que conservó durante varios siglos hasta la conquista islámica del siglo VIII.

Durante el periodo andalusí, Tarazona fue una medina floreciente y su mezquita mayor se alzó en el mismo solar que hoy ocupa la catedral. En 1119, Alfonso I el Batallador reconquistó la ciudad e inmediatamente restauró la diócesis, convirtiendo la mezquita en templo cristiano. Aquella primitiva catedral románica, de la que apenas quedan vestigios, fue el germen del grandioso edificio que hoy conocemos y que empezaría a construirse en las décadas siguientes.

La refundación de la diócesis trajo consigo la llegada de colonos francos y navarros, así como de canteros y artesanos que introdujeron las nuevas corrientes artísticas europeas. Al mismo tiempo, la numerosa población musulmana que permaneció en la ciudad aportó su extraordinario dominio del trabajo en ladrillo, yeso y cerámica, sentando las bases del singular estilo mudéjar que definiría la catedral.

La apariencia mudéjar

La Catedral de Tarazona es, ante todo, un monumento mudéjar. Su exterior de ladrillo visto, con paneles de cerámica vidriada en tonos verdes y blancos, delata la mano de los alarifes moriscos que trabajaron en su construcción durante los siglos XIII y XIV. El arte mudéjar aragonés, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, encuentra en este templo una de sus expresiones más monumentales y refinadas.

La torre campanario, erigida sobre el antiguo alminar de la mezquita, es quizá el elemento más reconocible de esta herencia. Su cuerpo octogonal se decora con rombos de ladrillo en resalte y bandas de cerámica vidriada que forman composiciones geométricas de gran belleza. En el claustro, las celosías de ladrillo calado alcanzan una delicadeza y perfección técnica que no tiene parangón en todo el mudéjar peninsular.

El uso sistemático del ladrillo como material constructivo y decorativo, la presencia de arcos entrecruzados, las tracerías geométricas y la combinación de técnicas cristianas e islámicas confieren a la catedral un carácter único, a medio camino entre Oriente y Occidente, que la distingue de cualquier otra sede episcopal española.

El pórtico mayor

La portada occidental, conocida como el Pórtico Mayor, constituye el principal acceso ceremonial al templo. Datada en el siglo XIV, está labrada en piedra arenisca en contraste con el ladrillo predominante del resto del edificio. Su programa iconográfico se centra en la Virgen María, titular de la catedral, con una imagen sedente de la Madre de Dios presidiendo el tímpano.

Las arquivoltas que enmarcan la portada albergan figuras de ángeles, profetas y santos bajo doseles góticos, mientras que las jambas presentan apóstoles de tamaño casi natural. A pesar del deterioro sufrido a lo largo de los siglos, aún se conservan restos de la policromía original que en su día cubría toda la portada, dotándola de un aspecto mucho más colorido y expresivo del que hoy presenta.

El pórtico se completa con un robusto arco ojival de grandes dimensiones que protege el conjunto escultórico. En la parte superior, una galería ciega de arquillos entrecruzados de tradición mudéjar sirve de transición entre la portada pétrea y el cuerpo de ladrillo de la fachada, evidenciando la convivencia de ambas tradiciones constructivas.

Gótico y Renacimiento

La catedral se construyó en dos grandes fases que dejaron su impronta en el edificio. La primera, entre los siglos XII y XIV, definió la estructura gótica del templo: planta de tres naves con crucero y girola, bóvedas de crucería sobre pilares fasciculados y un alzado de marcada verticalidad. Esta fase determinó las dimensiones y la configuración espacial que aún hoy se conservan.

La segunda fase, ya en el siglo XVI, supuso una profunda transformación decorativa de corte renacentista. Los maestros italianos y franceses que trabajaron en la catedral revistieron muros y bóvedas con un exuberante programa de pinturas al fresco, yeserías policromadas y medallones clasicistas. Esta intervención renacentista, de una riqueza y calidad excepcionales, convirtió el severo interior gótico en un espacio de deslumbrante colorido y refinamiento.

La convivencia de ambas fases — la estructura gótica y la piel renacentista — es uno de los rasgos más singulares de la catedral y confiere al espacio interior una complejidad visual y una riqueza artística difíciles de encontrar en otro templo español. El visitante se encuentra ante un palimpsesto arquitectónico donde cada siglo ha dejado su huella.

El cimborrio

El cimborrio es, sin duda, la joya de la catedral y una de las obras maestras del Renacimiento español. Construido sobre el crucero en forma de linterna octogonal, fue decorado en 1543 con un extraordinario programa pictórico que cubre por completo sus ocho paños y la bóveda. Los frescos, atribuidos a artistas italianos y franceses del círculo del cardenal-obispo Giorgio d'Armagnac, representan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento junto con figuras alegóricas, grutescos y motivos clásicos.

El tambor octogonal se apoya sobre trompas de arista que realizan la transición desde la planta cuadrada del crucero. Cada uno de los ocho paños se divide en registros horizontales con lunetos, pilastras y marcos fingidos que crean un efecto arquitectónico ilusionista de gran sofisticación. La luz que penetra por las ventanas del cuerpo superior baña las pinturas y genera un efecto celestial que debió causar un impacto extraordinario en los fieles del siglo XVI.

La restauración del cimborrio, completada en 2011, devolvió a las pinturas un cromatismo y una nitidez que habían permanecido ocultos durante siglos bajo capas de suciedad, humo de velas y repintes. El resultado reveló una obra de calidad comparable a las mejores capillas renacentistas italianas, convirtiendo el cimborrio en el principal reclamo artístico de la catedral.

La capilla mayor

La capilla mayor o presbiterio ocupa la cabecera de la nave central, cerrada por un ábside poligonal de cinco paños cubierto con una bóveda de crucería estrellada. Este espacio, el más sagrado del templo, está concebido como un escenario litúrgico de gran solemnidad, elevado sobre gradas y separado del resto de la nave por una monumental reja de forja.

Las nervaduras de la bóveda convergen en claves policromadas y doradas que representan escudos heráldicos y motivos religiosos. Los muros del ábside conservan restos de pinturas murales góticas parcialmente cubiertas por las intervenciones renacentistas posteriores. El conjunto transmite una sensación de recogimiento y elevación espiritual que invita a la contemplación.

La iluminación natural del presbiterio procede de ventanales apuntados abiertos en los paños del ábside, algunos de los cuales conservan vidrieras históricas. La disposición de la luz está cuidadosamente calculada para iluminar el retablo mayor que preside el espacio, creando un efecto dramático que refuerza la sacralidad del lugar.

El retablo mayor

El retablo mayor de la catedral es una obra monumental del siglo XVII que preside la capilla mayor con su imponente estructura de madera dorada y policromada. Dedicado a la Virgen de la Huerta, patrona de Tarazona, el retablo despliega un complejo programa iconográfico mariano a través de escenas esculpidas en alto relieve que narran los principales episodios de la vida de la Virgen.

La estructura del retablo se organiza en varios cuerpos y calles, siguiendo el esquema clasicista propio del Barroco temprano. Las columnas salomónicas y los estípites enmarcan los diferentes tableros escultóricos, mientras que un profuso programa de ornamentación vegetal, ángeles y cartelas recubre cada centímetro de la superficie. La imagen titular de la Virgen ocupa la hornacina central, flanqueada por figuras de santos y doctores de la Iglesia.

Aunque tradicionalmente se ha atribuido parte del trabajo escultórico al taller de Juan de Anchieta, las investigaciones recientes han matizado esta atribución. Lo que resulta indiscutible es la extraordinaria calidad de la talla y la ambición del programa, que convierte este retablo en una de las obras de arte sacro más importantes de Aragón.

La girola

La girola o deambulatorio es el pasillo que rodea la capilla mayor por detrás del altar, permitiendo la circulación de los fieles alrededor del presbiterio. En la Catedral de Tarazona, la girola presenta una planta semicircular con tramos trapezoidales cubiertos por bóvedas de crucería cuyos nervios arrancan de ménsulas esculpidas con figuras de gran expresividad.

Los capiteles y ménsulas de la girola constituyen uno de los conjuntos escultóricos más interesantes de la catedral. Entre las figuras talladas se reconocen animales fantásticos, escenas de caza, músicos, acróbatas y criaturas híbridas propias del bestiario medieval. Este repertorio iconográfico, de carácter profano y a veces humorístico, contrasta con la solemnidad del espacio litúrgico y ofrece una ventana fascinante a la mentalidad y el imaginario del siglo XIV.

Desde la girola se accede a las capillas radiales que se abren en el muro perimetral del ábside. Cada una de estas capillas alberga retablos y obras de arte de diferentes épocas, conformando un verdadero museo de arte sacro que abarca desde el Gótico hasta el Barroco.

El transepto

El transepto o crucero de la catedral constituye el eje transversal que cruza la nave principal a la altura de la capilla mayor, generando la planta de cruz latina característica de los grandes templos góticos. En la Catedral de Tarazona, el transepto alcanza una notable amplitud y altura, creando un espacio diáfano coronado por el espectacular cimborrio octogonal.

En el brazo norte del transepto se abre la portada que comunica con el claustro, decorada con un conjunto escultórico de capiteles historiados con escenas bíblicas y motivos vegetales de tradición gótica. Esta portada, de menor tamaño que el Pórtico Mayor pero de gran finura en la talla, ha sido comparada con las mejores portadas claustrales del gótico navarro-aragonés.

Los muros del transepto conservan restos de decoración pictórica renacentista en sus partes altas, con grutescos, medallones con bustos clásicos y cartelas con inscripciones latinas. En las esquinas del crucero, las trompas que sostienen el cimborrio están decoradas con los símbolos de los cuatro Evangelistas, realizados en yesería policromada de gran calidad.

El coro

El coro de la catedral ocupa varios tramos de la nave central, siguiendo la disposición habitual en las catedrales españolas. Su sillería, tallada en madera de nogal a mediados del siglo XVI, constituye una de las obras maestras de la ebanistería renacentista aragonesa. El conjunto se compone de dos órdenes de asientos — sillería alta y sillería baja — con respaldos, brazales y misericordias profusamente decorados.

Las misericordias — pequeñas ménsulas bajo los asientos abatibles destinadas a sostener a los canónigos durante los largos oficios — presentan un repertorio iconográfico de extraordinaria variedad: escenas bíblicas, figuras grotescas, animales fantásticos, oficios artesanales y escenas de la vida cotidiana del siglo XVI. Este programa, de carácter a menudo humorístico y satírico, ofrece una visión inigualable de la sociedad de la época.

Los dorsales de la sillería alta muestran relieves de mayor formato con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento enmarcadas en arcos de medio punto y separadas por pilastras con decoración a candelieri de gusto renacentista. El conjunto se remata con un guardapolvo corrido decorado con cresterías góticas que evidencian la transición estilística del momento.

El órgano

El órgano de la Catedral de Tarazona es un magnífico instrumento barroco construido entre 1787 y 1790 por el maestro organero Julián de la Orden, uno de los más reputados constructores de órganos de la España del siglo XVIII. Su caja, de grandes dimensiones, se alza sobre una tribuna en el lado del Evangelio y presenta una fachada monumental con tubos de estaño dispuestos en castillos y torretas de inspiración neoclásica.

El instrumento consta de varios teclados y registros que abarcan una amplia paleta sonora, desde los graves profundos de los registros de flautado hasta los brillantes agudos de las trompetas de batalla dispuestas en horizontal — la llamada trompetería tendida, característica de los órganos ibéricos y sin equivalente en la organería europea.

Tras décadas de silencio y deterioro, el órgano fue objeto de una cuidadosa restauración que ha permitido recuperar su sonoridad original. Hoy vuelve a sonar en las celebraciones litúrgicas y en los conciertos que periódicamente se organizan en la catedral, ofreciendo a los oyentes una experiencia sonora que transporta al esplendor musical del siglo XVIII.

El claustro

El claustro de la Catedral de Tarazona, construido en el siglo XIV, es una de las obras cumbres del arte mudéjar aragonés y una pieza única en la arquitectura medieval española. Su planta rectangular se articula en cuatro pandas o galerías cubiertas con bóvedas de crucería gótica que se abren al jardín central a través de grandes arcos apuntados.

Lo que hace verdaderamente excepcional a este claustro son las celosías de ladrillo calado que cierran los vanos de las arquerías. Estas celosías, atribuidas al maestro de obras Alí Pex, presentan composiciones geométricas de una complejidad y una perfección técnica asombrosas. Cada paño muestra un diseño diferente basado en la repetición de módulos geométricos — estrellas, polígonos, lazos y entrelazos — que generan efectos ópticos de gran belleza cuando la luz del sol los atraviesa.

La combinación de la estructura gótica de las bóvedas con la decoración mudéjar de las celosías hace de este claustro un espacio de extraordinaria armonía donde convergen dos tradiciones artísticas aparentemente opuestas. La UNESCO lo reconoce como uno de los mejores ejemplos de arte mudéjar aragonés, y su contemplación constituye uno de los momentos más memorables de la visita a la catedral.

Capillas de la girola

Las capillas radiales que se abren en la girola conforman un conjunto de espacios devocionales de gran interés artístico. Fundadas por obispos, canónigos y familias nobles de Tarazona entre los siglos XIV y XVII, cada capilla posee su propia personalidad arquitectónica y alberga retablos, pinturas, esculturas y elementos de orfebrería de épocas diversas.

Entre las más destacadas se encuentran la capilla de los Calvillo, con su retablo gótico de tablas pintadas sobre fondo dorado; la capilla de la Purísima, que conserva un delicado retablo renacentista; y la capilla de Santiago, con pinturas murales góticas parcialmente descubiertas durante las restauraciones modernas. Cada una de estas capillas es un pequeño tesoro artístico que merece una visita detenida.

El conjunto de las capillas de la girola ofrece un recorrido cronológico por la historia del arte sacro aragonés, desde las formas severas del Gótico internacional hasta la exuberancia del Barroco, pasando por el refinamiento del Renacimiento. Las recientes campañas de restauración han permitido recuperar muchas de las obras que permanecían ocultas o deterioradas, enriqueciendo notablemente el patrimonio visitable de la catedral.

La ampliación barroca

Durante los siglos XVII y XVIII, la catedral experimentó una importante ampliación a los pies de la nave principal que modificó sustancialmente la configuración del templo. Esta intervención barroca, motivada por la necesidad de ampliar el aforo y de dotar a la catedral de un aspecto acorde con los gustos de la época, añadió varios tramos nuevos a las naves y redefinió la fachada occidental.

Los nuevos tramos se cubrieron con bóvedas de lunetos y se decoraron con yeserías y estucos de estilo barroco que contrastan con la sobriedad gótica de los tramos medievales. La transición entre ambas fases constructivas, lejos de resultar discordante, enriquece la experiencia espacial del templo y ofrece al visitante un fascinante diálogo entre épocas y estilos.

La ampliación barroca también afectó a dependencias anejas como la sacristía y algunas capillas laterales, que fueron redecoradas con pinturas, espejos y molduras doradas siguiendo el gusto del momento. Estas estancias, menos conocidas por el público general, constituyen un complemento valioso al recorrido por la catedral y testimonian la vitalidad artística que el templo mantuvo a lo largo de toda la Edad Moderna.

Visita la Catedral

Contempla ocho siglos de historia